El origen de la traducción

La traducción es una actividad que se viene desarrollando desde la antigüedad, y una prueba  que lo evidencia es la Piedra de Rossetta, descubierta en 1799, que contiene grabados un mismo texto en tres idiomas: egipcio jeroglífico, egipcio demótico y griego y gracias a ella se pudieron descifrar los jeroglíficos egipcios, muy admirados por su belleza pero un misterio sin descifrar hasta bien iniciado el siglo XIX.

La traducción, del latín traductio, -onis, que significa “hacer pasar de un lugar a otro”, implica la necesidad de ser conscientes de la importancia de comprender bien el significado de un texto en un idioma origen para luego reproducirlo en el idioma destino.

Borges opinaba que durante toda la Edad Media, la gente no consideraba la traducción en términos de una transposición literal, sino como algo que era recreado: como la labor de un poeta que, habiendo leído una obra, la desarrollaba luego a su ser, según sus fuerzas y las posibilidades hasta entonces conocidas de su lengua.

Los dos textos, tanto el de origen como el final deben ser tan equivalentes, que deben comunicar el mismo mensaje, aunque los contextos de escucha o lectura sean diferentes, las reglas gramaticales difieran, etc.